Como mujer de 23 años, la violencia contra la mujer es algo que, por desgracia, he visto demasiado cerca como para pensar que es algo lejano. No son solo esas historias terribles que vemos en las noticias; a veces está en cosas que vivimos sin darnos cuenta: comentarios que duelen, parejas que controlan el móvil, amigos que hacen bromas machistas, situaciones que te hacen sentir pequeña o insegura. Muchas veces estas formas de violencia tan “disimuladas” son las que más se normalizan, y eso es lo que más me preocupa. Además, son justamente estas las que más se repiten y las que más pasan desapercibidas.
Por eso creo que sí hace falta un día internacional dedicado a esto. No porque en un solo día vaya a cambiar el mundo, sino porque necesitamos recordar, una y otra vez, que sigue ocurriendo, que nos sigue afectando, que no es normal y que queda muchísimo por hacer. Ese día nos recuerda que no estamos solas, que nuestras experiencias merecen ser escuchadas. Para mí también es un día de unión: unión de quienes lo han sufrido, que pueden sentirse acompañadas, y unión de quienes no lo han vivido, para que puedan aprender, prevenir y apoyar.
Aún existen muchas barreras que hacen difícil acabar con esta violencia: esa idea de que “los celos son amor”, que si te controla es porque le importas, que denunciar es exagerar, o ese miedo enorme a no ser creída. A esto se suma lo que aprendemos en casa, lo que la sociedad espera de nosotras y los roles que se siguen repitiendo sin cuestionarse. Todo eso pesa, y a veces hace que aguantar parezca más fácil que pedir ayuda.

Como futura integradora social, no me veo como alguien que viene a dar lecciones, sino como alguien que acompaña. Para mí lo más importante es saber escuchar sin juzgar, entender que cada mujer tiene su proceso y su ritmo, y estar ahí de manera cercana y humana. Más que grandes discursos, hace falta empatía, respeto y presencia.
En cuanto a la prevención, creo que lo realmente efectivo es hablar más del tema desde la infancia, sin tabúes: hablar de relaciones sanas, de límites, de autoestima, de cómo identificar una relación que te hace daño. También es fundamental que en los barrios, institutos y centros haya espacios seguros donde se puedan compartir experiencias sin miedo ni vergüenza.
A veces me duele pensar en todas las mujeres que han pasado y siguen pasando por esto, pero también siento esperanza. Somos una generación que cuestiona más, que se apoya más y que ya no normaliza lo que antes se aceptaba sin pensar. Y como mujer joven y como futura profesional, quiero formar parte de ese cambio, aunque sea poco a poco, desde lo cotidiano y lo cercano.