Soy Naiara y esta es mi historia

Nuestra compañera del Ciclo Superior de Integración Social Raquel García Terceño ha preparado un relato maravilloso en primera persona desde la perspectiva de un menor que sufre abusos.

Soy Naiara, y el 19 de noviembre de 2023 el tito Ted acabó con mi vida.

Recuerdo que el tito Ted, que así era como le llamaba mi madre, olía mal. Yo sabía que no era de la familia porque en Navidad nunca había un plato para él y no tenía regalos debajo del árbol; pero era nuestro vecino de enfrente y papá a veces le pedía ayuda para arreglar el coche.

Una semana antes había sido mi cumpleaños, yo me había quejado porque este año solo me habían comprado un par de libros y ningún juguete.
Mamá me dijo que era porque una niña como yo de nueve años ya era muy grande para jugar con muñecas, que debía madurar y empezar a comportarme como una señorita.

La semana pasó tranquila, hasta que el domingo 19, de vuelta a casa desde el colegio el tito Ted me paró y me dijo que papá le había mandado a por mi. Me pareció raro, porque desde mi cumple me habían dado permiso para volver a casa sola; sólo había que cruzar una calle. Pero, ¿por qué no iba a subirme en el coche del Tito? Ya había estado ahí antes: Con mamá para ir a comprar, con papá cuando íbamos los tres a recoger setas, incluso con la abuela Mari, que alguna vez se ponía testaruda e insistía en ir al cementerio y el tito se ofrecía a llevarla.

Me senté en el asiento del copiloto y la tapicería me engulló de inmediato. El trayecto se alargó y yo solo veía calles pasar, ninguna me parecía familiar, hasta que el coche paró frente a un campo enorme. Yo nunca había estado ahí, pero era bonito. El Tito me aclaró que tenía que recoger unas cosas y que yo mientras podía jugar con mis muñecas. Así que eso hice. Me quede en una pequeña habitación y me lo pasé muy bien soñando despierta con cuentos de princesas, príncipes, hadas y unicornios. Me sumergí tanto en mi mundo que cuando mire por la ventana ya era de noche y no se veía nada.

Salí de la alcoba en silencio, buscando al tito Ted por todos sitios y lo encontré en la salita. Había polvo blanco sobre la mesa, parecía nieve y yo quería también pero al ver que el Tito tenía los ojos rojos y una expresión rara en la cara decidí no decir nada. Solo me quede ahí, mirándole. Esperando que me llevase a casa. Seguro que mamá estaría preocupada por mi y papá hecho una furia por no haber acabado con él los deberes de matemáticas.

Pasaron unos segundos que se hicieron eternos hasta que al final levantó la vista y su mirada se encontró con la mía. Pero no vi nada ahí, parecía que el Tito estaba vacío. Echaba de menos a mamá. “vamos a jugar un rato Naiara, te prometo que te gustará” me dijo con voz rara poniéndose de pie.

Y yo, sin saber que hacer, decidí obedecer. ¡Íbamos a jugar al escondite! Y me escondí en un armario súper grande y alto que había en una habitación enorme. Me escondí, y aunque el miedo me hacía querer ser invisible porque no entendía que pasaba, me encantaban los juegos y hoy sabía que necesitaba ganar de la manera que fuese.

“¿donde estas pequeña?” “Venga sal, que te voy a explicar otro juego mejor” aseguraba el Tito mientras recorría la casa buscándome. A veces se acercaba tanto que pensé que me encontraría y otras su voz se convertía en un susurro de lo lejos que estaba. Pero acabó encontrándome y me dio un azote por ser mala. Y no me dio como papá o mamá solían hacerlo cuando no hacia los deberes; él me pegó demasiado fuerte, seguro que aquello me dejaría marca.

Me dio la mano y me llevo hasta un sofá gris que parecía de segunda, tercera o incluso cuarta mano. Tenía manchas de café y quemaduras de cigarrillo.

“¿Podemos irnos ya a casa?” Pregunté esperando que su respuesta fuese un si. Ese juego no me estaba gustando. “No pequeña, no vas a volver a casa” eso fue lo último coherente que me dijo. Lo último a lo que le presté atención.

Porque después de estas palabras vinieron más y más azotes, y de pronto ya no tenía ropa con la que cubrirme y sentía que el Tito me tocaba en sitios donde no debía hacerlo, y era incómodo, y empecé a llorar, y sólo quería desaparecer.

Pensé en papá, él estaría orgulloso, orgulloso de que su niña había aprendido algo nuevo hoy, había aprendido que la felicidad dura un suspiro.
Y mamá… pensé en que cuando llegase a casa iba a pedirla que me peinase despacio y me abrazase muy fuerte. Al final el mundo dejó de girar, y sin saber cómo ni cuándo; el tito Ted se levantó y me dijo que me diese un baño y que todo estaría bien. Que el dolor se iría, me metí al agua y me
escocía justo ahí, donde mamá decía que debía secarme bien o cogería una infección. Ahí sentí que el tito me había robado. Me había robado algo que no era suyo y que nada podría nunca compensarlo.

Llené todo de espuma y me imaginé nadando como una sirena con delfines y ballenas. La puerta del baño se abrió y el tito entró. Parecía ido, como si fuese un fantasma en vida del hombre que quizá algún día fue. “Todo va a acabar pronto, cierra los ojos” me dijo. Al cerrarlos sentí una fuerza sobre mi que me obligaba a sumergirme bajo el agua, no podía luchar contra eso. Intenté aferrarme a cualquier cosa y la cortina se cayó sobre mi. No podía respirar así que abrí la boca, pero solo entraba agua, los pulmones estaban tan huecos como yo y dejamos de resistirnos.

El dolor había acabado. Ya nada daba miedo. Y entendí que no hay sapos que se convierten en príncipes después de un beso. Que no hay hadas madrinas que hagan magia con sus varitas ni hay brujas ni castillos encantados. Solo hay lobos feroces con dientes afilados.

Como nos recuerda Naciones Unidas, en todo el mundo, se calcula que unos 120 millones de mujeres menores de 20 años han sufrido diversas formas de relaciones sexuales no consentidas.

Los profesionales sanitarios están en condiciones inmejorables para dar una respuesta empática a los niños y adolescentes que han sufrido abusos sexuales; lo que puede ayudar enormemente en la recuperación de los supervivientes del trauma del abuso sexual.